El aire del Quindío huele a promesa, a grano tostado y a tierra húmeda. Se enreda en las hojas de plátano y desciende por las laderas como una caricia de niebla, cubriendo los cafetales como un velo que oculta secretos. Bajo el verde intenso que viste las montañas y que se vende al mundo como un paraíso de aroma y sabor, se esconde una cosecha distinta, una que no se mide en arrobas ni se exporta en sacos. Esta cosecha es amarga, recogida entre las noches de insomnio y pagada con la moneda del olvido, una sustancia que, según las personas, da la fuerza para una jornada de trabajo mientras a su vez roba la vida misma.
En este paisaje de contrastes, Julián y Camilo caminaron por el mismo infierno en dos senderos diferentes. Sus voces, endurecidas por el sol intenso y la calle, se entrelazan para contar la historia de cómo los cafetales, que prometían sustento, se convirtieron en su trampa, y la droga, en su salario y su condena.
Julián Alfonso Cadena habla con la cadencia de quien ha vivido demasiado a sus cortos 39 años. Su historia no empieza en el campo, sino en una casa donde la infancia se evaporó entre el humo y el alcohol. “Yo, desde muy pollo, me crie en una casa donde se veía mucho licor y mucha droga”, dice, como si enunciara un hecho tan natural como cualquier otro. La violencia fue una presencia tangible en su historia, tanto así que le arrebato a su hermano y lo empujó hacia el abismo. La venganza fue su primer acto de desesperación, una deuda de sangre que saldó con la vida del hombre que acabo con la de su hermano, y que lo llevó a pagar una condena de diez años y veinte días dentro de una cárcel. Al salir de allí, con la juventud herida y el alma en carne viva, el campo parecía ser la única oportunidad para él, para empezar de nuevo.
Por esa misma época, Camilo Andrés Solórzano, un muchacho de apenas 12 años, tomaba una decisión que marcaría su destino. Cansado del colegio, se dejó seducir por la promesa del trabajo y la idea de ganar dinero con sus propias manos. Su madre le había enseñado los valores del campo, el rigor de la jornada, y, así como dice él, le tocó aprender “a las buenas o a las malas”. Fue en Circasia, un pequeño pueblo a tan solo 20 kilómetros de la capital, donde probó la marihuana, un escape que pronto se convertiría en una necesidad.
Para Julián, la finca no fue un escape sino una inmersión más profunda en la precariedad. Empezó a trabajar en los jornales, a coger café, cortar plátano, a sentir como el cuerpo se rendía al final de cada día. Fue allí donde descubrió la perversa economía que gobierna a numerosas fincas en la región, esa que él llama “fincas indianas”. “Usted va a trabajar en la finca y pierde el año”, afirma. “Hay fincas donde usted sale con plata, pero de por sí, hay muchas fincas indianas que es solo droga, droga y nada más”. El administrador, la figura de autoridad, se convertía en el proveedor, en el dueño de las voluntades. La paga no se contaba en billetes ni en pesos, sino en dosis.
La ruina era brutal. El jornalero trabajaba bajo el sol inclemente para ganarse las tres comidas. Luego, por la noche, trabajaba de nuevo, pero esta vez para recibir la droga que necesitaba para trabajar al día siguiente. “Nunca ganaba plata”, recuerda Julián, “siempre trabajaba por tener el almuerzo y la comida, ya en la noche trabajaba para tener algo que fumarme”. La adicción no era solo una debilidad personal, sino una herramienta de control. “Uno mismo pedía que le dieran eso” dice él con una honestidad desgarradora. “Uno podía reclamar su sueldo, pero como éramos adictos y teníamos la droga cerca, no podíamos pasarla”. El ciclo parecía perfecto, el cuerpo agotado pedía el estímulo, y el estímulo se pagaba con el trabajo del día siguiente, en una esclavitud moderna disfrazada de jornal.
Camilo también vivió esta realidad, pero desde una perspectiva que, con el pasar de los años, se volvería más completa. A los 19 años ya hacía parte de este engranaje, a lo que él llama “el monstruo”. “Eso es lo que más se ve hoy en día, por lo menos en las fincas grandes, ahí se mueve el monstruo. Así le decimos a la droga”. El jornal de un día, aproximadamente 40.000 pesos, se podía canjear por cuatro bolsas de marihuana o de bazuco. El administrador, o el jíbaro encargado, llevaba la cuenta. Cuando el jornalero ya estaba endeudado, le “copaban el sueldo”, no había más crédito hasta el día siguiente, hasta una nueva orden. El resultado de esto era claro: un trabajador atrapado, sin dinero para disfrutar un fin de semana, anclado a la finca por la deuda y le necesidad. “El monstruo”, siempre presente en la fincas, se garantizaba de que no hubiera escapatoria.
Para muchos, el consumo era un catalizador. “Entre más consumía, más me sentía activo”, admite Julián, recordando como una “traba” –una dosis– por cada "coco" –una medida de café recolectado– le daba el impulso para seguir. Para Camilo, en cambio, la droga traía pereza, un adormecimiento que contrastaba con la energía frenética de otros compañeros. La necesidad de los administradores era clara: un trabajador adicto es un trabajador controlable, no exige dinero, no se va y vende su libertad por unos cuantos pesos, o, en caso de ellos, por la compañía del “monstruo”.
Pero el campo fue solo el principio de la espiral descendente para ambos. Cansado de trabajar, Camilo se encontró en una encrucijada. Un día, junto a su hermano y dos compañeros más, decidieron que no iban a jornalear más. ¿A qué se iban a dedicar? La respuesta era clara, al crimen. Cuatro personas y un arma sería el inicio de un panorama desolador. Empezaron con el hurto, tanto a personas como a taxis, y, más rápido de lo pensado, el nombre de Camilo empezó a sonar. “Críe fama y échese a dormir”, dice él, citando un viejo refrán. Su potencial para la violencia y su falta de miedo lo hicieron ascender rápidamente. Dejó de ser un simple jornalero para convertirse en el líder de una banda, el hombre que “piloteaba la nave” en Pijao, Quindío, controlando una plaza de droga. Su vida se convirtió en un torbellino de atracos, alcohol y sustancias cada vez más duras como el perico y las pepas. La cárcel se volvió una puerta giratoria: Circasia, Caicedonia, Armenia. En la prisión de San Bernardo le leyeron una posible condena de 33 a 50 años por homicidio.
Julián, por su parte, nunca llegó a ese nivel de organización criminal, pero su vida no fue menos violenta. Tras sus años en la finca, se dedicó s sobrevivir en la ciudad. Reciclaba o trabajaba en construcción, pero la sombra del consumo lo perseguía. “Antiguamente yo me lo pegaba, me mojaba la estopa y todo el día era de arriba para abajo”. Se sentía desatado, un hombre loco que robaba sin miedo, a plena luz del día, bajo el aguacero más fuerte. “Entre más duro lloviera, con más ganas lo hacía”, confiesa. Rodeaba a sus víctimas, las amenazaba, les quitaba el celular y la billetera. Veinte veces al día lo hacía si era necesario. Era un hueso, un hombre que le había perdido el pánico a todo.
El punto de quiebre para Camilo llegó en el lugar más oscuro: la cárcel de máxima seguridad de Picaleña, en Ibagué. Condenado a 10 años por porte ilegal de armas, más 40 años por extorsión y secuestro, se sentía hundido. Su vida era un desastre. Un día, escuchó a un “campanero” al que le llamaban “Satanás”, gritar sobre Cristo. Vio unas mujeres llegar para hablar del Evangelio. Movido por una curiosidad desesperada, se acercó. “Madre”, le dijo a una de ellas, “yo me llamo Camilo, he querido cambiar pero no he podido” La mujer solo le dijo una palabra, una que cambió todo: “ore”. Para Camilo, orar y rezar era lo mismo, algo que había hecho siempre sin obtener resultado alguno. Pero la mujer le explicó lo que debía hacer: rezar es repetir, orar es hablar con Dios.
Esa tarde Camilo, el líder de una banda, el sicario, el hombre sin temor a nada, se fue a su rincón en el pasillo. Junto a los baños, donde dormía sobre unos cartones porque, según él, se “había fumado hasta la colchoneta”. Sacó su sabana y, por primera vez en su vida, habló con Dios. Le agradeció, le pidió perdón y, con toda las fuerzas de su alma, le pidió un cambio. “Desde ahí mi vida cambió. No miento, al siguiente día ya no me drogaba”. Sucedió un milagro, o así lo ve él. La condena de 40 años fue archivada, pagó siente de los diez años y en el 2018 salió de nuevo en libertad. Un hombre nuevo, convertido al Evangelio.
Para Julián, la transformación no fue un rayo divino, sino un lento y doloroso despertar. Fue en 2022, cuando empezó a mirarse a sí mismo y a los compañeros que vivían la misma realidad que él. “Yo miraba a todos los que estaban conmigo sucios, yo no me sentía bien”. Dejó de robar, la paranoia que lo hacía sentir perseguido se transformó en una vergüenza que lo impulsó a cambiar. Hoy en día, sigue viviendo en la calle, pero ya se siente mejor. “Me mantengo organizadito”, dice con orgullo. Sobrevive reciclando, pidiendo monedas y haciendo trucos de magia en los semáforos. Ha disminuido su consumo fuertemente, aunque la marihuana sigue siendo un fantasma persistente en él. Su mayor anhelo es reconstruir las relaciones con su madre, una mujer devota de Jehová que vive cerca de Quimbaya. “Quiero llamarla, decirle que la quiero mucho, pedirle su número de cédula para poder girarle 50 o 100 mil pesitos”.
Camilo, por su parte, es comerciante platanero. Ha vuelto a sus raíces pero de una forma distinta. Habla de su pasado sin rencor, como un testimonio de que el cambio sí es posible, pero voluntario. “¿El ser humano por qué no cambia? Porque sencillamente le gusta quedarse en la condición en la que está”. Por otro lado, Julián sigue en la lucha diaria. Su historia no ha terminado de escribirse. Es un hombre que le ha hablado a Dios y le ha pedido su voluntad, aunque a veces vuelve a caer. La fe es su mayor esperanza.
Estas dos historias, nacidas en el mismo Quindío de cafetales exuberantes, son las dos caras de una misma moneda. Son el testimonio crudo de un sistema que, en sus rincones más oscuros, se alimenta de la debilidad y la necesidad. Son la prueba de que detrás del aroma del café más suave del mundo puede esconderse el sabor amargo de la explotación. Y son, por encima de todo, el relato de la increíble resiliencia humana, de dos hombres que se perdieron en la cosecha amarga y que, cada uno a su manera, luchan por encontrar el camino de vuelta a casa. El sol sigue saliendo sobre las montañas de la región, y en algún lugar, un jornalero cansado quizás esté aceptando una dosis como pago, sin saber que personas como Julián y Camilo ya caminaron por ese infierno y encontraron, a pesar de todo, una salida.

